Furia. Ira. Rabia. El corazón palpitando, la mano temblando descontroladamente... un cuchillo... sí, un cuchillo estaría bien. Degollar, y sangre. Mucha sangre. La sangre golpeando violentamente en mis sienes, multiplicando exponencialmente la cantidad de odio, de frustración, que surge a cada momento. Cada palabra me enerva más. Él. Un bate de béisbol rompiendo su cráneo, reduciéndolo a un amasijo de astillas óseas y materia gris. Habrá que cambiar la pantalla, la ha dejado perdida con su sangre. Y habrá que pintar la habitación otra vez. Me empiezo a reír por lo absurdo de estas escenas que se dibujan como un cómic macabro en mi cabeza. Río por no llorar, aunque también estoy llorando.
Río y lloro, todo a la vez, sentado en un banco. Hace años que no lloro por nada, pero hoy lo he hecho. A mi lado mi móvil entonaba tristemente Otherside, My Immortal, Butterflies and Hurricanes...
Nunca pensé que llegaría el día en que odiaría a alguien hasta el punto de querer matarlo. Sentir de verdad ese impulso homicida, liberar los instintos, desahogar las emociones. Deseas olvidarte de tu razón, de todo lo que te importa de verdad, y simplemente dar rienda suelta a ese pequeño demonio que todos llevamos dentro. Sabes que no es una nimiedad, que todo te da la razón. Sabes que nadie te justificaría, pero todos te comprenderían. Sabes que, en ese momento, la justicia está en tu mano. Y nada ni nadie te la puede arrebatar.
Es frustrante, pero es una sensación indescriptible.
Pd: He desactivado los comentarios. No me interesa la opinión de nadie sobre este tema, en ningún sentido. Siento ser así de brusco. Lilim, te debo una canción (y con más motivo viendo lo que pasa mañana).
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