La inexactitud colmó mi último mensaje. No leíste sentimientos, sino palabras. Palabras inciertas que querían expresar mi ánimo, mi soledad. Querían expresar lo que sentía. Pero ya no importa, ya todo da igual.
Mi corazón de hielo contempla amargamente como sus sentimientos se apagan. Todos los sentimientos vuelven a la nada. Sentimientos buenos. Sentimientos malos. Todo. Mi alma llora por mi corazón, pero sigue sin dejar de amarte. Mi corazón se cansó y dejó de luchar, porque el dolor lo traicionó. No quiso arriesgarse, no quiso atreverse. Ya le da igual, todo le da igual. No quiere sufrir, no quiere que sufras. Escribo estas palabras sin ánimo, como un autómata. Porque mi corazón ya no siente. El frío glacial cubre su superficie.
No quiero que sufras. No quiero hacerte daño. Mil veces he repetido esa frase y mil veces más la repetiré, pero temo hacértelo cuando llegue la hora. La hora del adiós. Porque yo no quiero seguir luchando. No quiero volver a pasar de nuevo por la distancia. No quiero que mi corazón sufra de nuevo. Me hablas como una amiga. Me hablas como un alma gemela. Pero sólo puedo responderte con frases sueltas. Frases que no expresan nada, porque temo hacerte daño. Temo tu reacción, temo tu dolor. No quiero que sufras. No quiero hacerte daño.
Pero no quiero sufrir. No quiero que me hagas daño.
No quiero curar mi corazón y que lo rompas de nuevo. Mi mente confía en tí, pero mi corazón no. Te amo, pero te odio. Te odio, pero te amo. Me has hecho trizas el corazón. No una, sino dos veces. Las dos te he perdonado. Pero mi corazón no se arriesga. No quiere volver a pasarlo así.
No quiero que sufras.
No quiero sufrir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario